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domingo, 9 de julio de 2017

Robert Faurisson - Nada Demuestra las "Cámaras de Gas"



     En el sitio robertfaurisson.blogspot.com se publicó el 31 de Diciembre de 2014 en francés, inglés y alemán el siguiente texto que presentamos en castellano, traducido del inglés y francés, donde su autor hace un balance del estado de avance de la investigación historiográfica en el tema de las supuestas "cámaras de gas" que habrían existido en los campos de trabajo de la Alemania nacionalsocialista, para todo lo cual no hay hasta ahora ninguna prueba material sino sólo insostenibles "testimonios" orales y fotografías falsificadas o descontextualizadas, como cualquier historiador serio sabe (los cuales son perseguidos por los judaizados vencedores).


En 70 Años, ¡Ningún Estudio Forense que Demuestre la
Existencia y Funcionamiento de las "Cámaras de Gas"!
por Robert Faurisson
31 de Diciembre de 2014



     Incluso para el asesinato más trivial, las autoridades judiciales, muy felizmente, nunca se dan por satisfechas sólo con "testimonios" sino que exigen, antes de cualquier otra cosa, un examen forense; para ese objetivo, el servicio técnico de la policía examina tanto la escena del crimen como el arma del asesinato, mientras que por su parte la policía científica somete a un análisis de laboratorio todos los elementos físicos que probablemente aclaren a los investigadores.

     Es después, a la luz del examen médico-legal y de un análisis de los hechos materialmente establecidos, que uno puede procurar, con todo el conocimiento de causa, apreciar el valor de los relatos de ciertos testigos. Personalmente, durante más de medio siglo he querido saber a qué se parecía aquella formidable "arma de asesinato" que era la cámara de gas nacionalsocialista; yo esperaba ver una ilustración técnica de aquella arma y una explicación de su uso. Noté que en algunos antiguos campos de concentración alemanes, desde que habían sido convertidos en parques de atracciones, se les mostraba a los visitantes un cuarto que se decía que era una "cámara de gas nacionalsocialista", pero, curiosamente, ni la menor evidencia científica podía ser suministrada para apoyar aquella aseveración, ni ningún resultado de ningún examen forense.

     A principios de los años '60, en mi primera visita al Centre de Documentation Juive Contemporaine (CDJC) de París, mi única pregunta a aquellos que estaban a cargo había sido: "¿Puede usted mostrarme una foto de una cámara de gas nacionalsocialista?". Ellos fueron incapaces de hacer aquello. Lo mismo en el Holocaust Memorial Museum de Washington en 1994, y en un buen número de otros sitios. El público general puede ser engañado con fotos como la de políticos estadounidenses "visitando la cámara de gas de Dachau", pero ya nadie se va a aventurar a emplear el mismo procedimiento cuando tiene que tratar con un investigador que conoce su materia.

     Después de varios años de investigación, que consistió en visitas, lecturas y reuniones con expertos —por ejemplo, con los del laboratorio central de la prefectura de policía parisiense, o en Estados Unidos, desde el principio de mi investigación en las cámaras de ejecución por gas de ciertas penitenciarías— yo había acumulado una cantidad considerable de información 1) acerca de las cámaras de gas alemanas para desinfestación que usaban el Zyklon B, un producto cuyo componente principal era el ácido cianhídrico, y 2) acerca de las cámaras de gas estadounidenses para la ejecución de un solo preso, también por medio del ácido cianhídrico. Por otro lado, en el mismo período, me vi obligado a admitir que yo todavía no sabía cómo, técnicamente, aquellas supuestas cámaras de gas nacionalsocialistas, usadas día y noche para exterminar, en Auschwitz por ejemplo, a cientos o miles de personas a la vez, podrían haber sido hechas y pudieron haber funcionado.

     No pude encontrar a nadie, ni en Francia ni en el extranjero, que me explicara cómo los gaseadores y sus ayudantes podrían haber manipulado los cadáveres sin contaminarse mortalmente ellos mismos (el ácido cianhídrico penetra la piel y se queda allí, mientras que con aireación, ventilación forzada y otros medios, como el rapado del cabello, puede ser removido de la ropa, objetos metálicos u otras cosas). Tras leer un texto que fue presentado como una confesión de Rudolf Höss, uno de los tres comandantes sucesivos del campo de Auschwitz, quedé perplejo, y nadie fue capaz de explicarme los misterios. Por ejemplo, ¿cómo hizo que los miembros de un Sonderkommando o "escuadrilla especial", una vez que el grito de las víctimas se detenía y un dispositivo de ventilación era encendido, fueran capaces de entrar "inmediatamente" en lo que hubiera sido un mar de ácido cianhídrico, y eso mientras ellas comían y fumaban; en otras palabras, sin siquiera llevar puesta una máscara anti-gas?.

     El Zyklon B consistía en ácido cianhídrico sobre una base porosa inerte. Inventado en 1922 y patentado a finales de 1926, tenía la desventaja de ser explosivo, combustible por la chispa más leve, incluso por la electricidad estática. Haberlo usado, como nos dicen que fue usado en la "cámara de gas" de Auschwitz I, en la proximidad de un horno de crematorio, habría sido una completa locura. Fui yo quien, por último, descubrí los planos de construcción del crematorio en Auschwitz I y los de los crematorios II, III, IV y V en Birkenau. Ellos habían sido mantenidos escondidos desde el final de la guerra. Los encontré el 19 de Marzo de 1976 en los archivos del Museo Estatal de Auschwitz [1].

[1] http://robertfaurisson.blogspot.com/2010/09/look-back-at-my-discovery-on-march-19.html

     Así, puedo declarar, en conocimiento de los hechos, que habría sido imposible hacer que 2.000 personas —como lo afirmó R. Höss en el relato que él dio en Núremberg el 15 de Abril de 1946— entraran en un espacio de 210 mts² (donde, a propósito, suponiendo que fuese posible después de todo, difícilmente habría habido alguna necesidad de gas para matarlos, ya que ellos habrían muerto simplemente de asfixia debido a una rápida reducción del oxígeno). Nunca los hombres del Sonderkommando habrían podido empezar, con toda su fuerza, la tarea ciclópea de desenredar, en una atmósfera llena de ácido cianídrico, tantos cuerpos unos de otros y arrastrarlos uno por uno a un pequeño ascensor que se conectaba con el piso superior y la sala del horno.

     Yo había aprendido que, para un equipo de desinfestadores que realizan la simple desinfestación de una casa con Zyklon B, cualquier esfuerzo físico estaba estrictamente prohibido, ya que eso habría acelerado la respiración de los hombres y de esa manera habría impedido que los filtros de la máscara anti-gas cumplieran su objetivo. Las reglas especificaban que al final de la desinfestación de un edificio, cuando era tiempo de abrir las ventanas para airear abundantemente el local, no hay que persistir en tratar de abrir una ventana que ofrezca resistencia, sino que en cambio hay que dejarla y abrir las demás. (A aquellos que afirman, sin ninguna prueba, que los alemanes destruyeron todas sus cámaras de gas, les replico: "En ese caso, dibújeme las cosas que, según usted, los alemanes destruyeron").

     La sensacional conclusión de esta investigación es que en casi 70 años, ni el Tribunal Militar Internacional (IMT) en Núremberg (1945-1946) ni ninguno de los numerosos otros tribunales que tuvieron que juzgar casos de presuntos crímenes cometidos usando cámaras de gas (o camiones con gas) han pedido un solo examen forense. Mejor todavía: en el "Proceso de Auschwitz" en Frankfurt, que se llevó a cabo del 20 de Diciembre de 1963 al 20 de Agosto de 1965, una inspección de ciertos puntos del campo Auschwitz-Birkenau fue realizada entre el 14 y el 16 de Diciembre de 1964; uno de los jueces, Hotz, participó junto con cuatro fiscales; sin embargo, parece que los cinco hombres prescindieron de cualquier inspección detallada de los sitios donde se dijo que tantos gaseamientos criminales, seguidos de tantas incineraciones, habían ocurrido. ¿Cómo pudo ser eso?.

     Un gigantesco juicio-espectáculo se había enfocado, veinte años después de la guerra, en Auschwitz, capital del mayor crimen en la Historia mundial, y los jueces-acusadores no hicieron el menor esfuerzo para informarse en cuanto a cómo tal asesinato de masas fue primero concebido y luego perpetrado, y todo durante un período de años. Nunca nadie ha sido capaz de proporcionarme una copia de los exámenes médico-legales del "crimen de Auschwitz". He sido abrumado por testimonios, narraciones, confesiones y libros de Historia ante los cuales me he impuesto la lectura más escrupulosa, pero, después de revisarlos, sólo para descubrir a fin de cuentas vagos relatos que desafían las leyes de la física o la química. Un examen forense, y sólo uno, habría sido suficiente.

     Los crematorios de Auschwitz o Birkenau tenían como máximo, como descubrí en ciertos documentos escondidos desde 1945, cuartos llamados Leichenhalle o Leichenkeller (depósitos, a nivel de tierra o semi-enterrados, para cuerpos) absolutamente típicos en su tamaño y, sobre todo, en su sistema de aireación o ventilación. En 1982 también descubrí que hubo un examen forense de la supuesta cámara de gas del campo Struthof, en Alsacia, que yo había visitado en 1974 y que me había parecido ser una burda falsificación; más tarde me enteraría de que aquello era, en parte, el producto del trabajo realizado después de la guerra por una empresa en la ciudad de Saint-Michel-sur-Meurthe.

     Confiado al profesor René Fabre, decano de la Facultad de Farmacia de París, el examen concluyó, el 1º de Diciembre de 1945, con la ausencia de cualquier rastro en absoluto de ácido cianhídrico 1) en la chimenea de evacuación de la presunta cámara de gas y en los raspados tomados de ella, o 2) en los cadáveres de las supuestas víctimas gaseadas en Struthof encontrados en el hospital civil de Estrasburgo. El informe de René Fabre ha desaparecido de los archivos de la justicia militar francesa pero conocemos sus conclusiones gracias a un informe en el archivo firmado por tres médicos que participaron en el estudio: los doctores Simonin, Piedelièvre y Fourcade («Ya sea "Holocausto" por gas u "Holocausto" por balas, ¡ninguna evidencia física o forense!»). Los tres quedaron disgustados por el resultado alcanzado por R. Fabre, pero ellos a pesar de todo habían sido honestos y lo suficientemente escrupulosos como para reportarlo.

     Mientras tanto, yo había tenido que esperar hasta 1978-1979 para que el diario Le Monde publicara al fin dos textos en los cuales yo demostraba que las presuntas cámaras de gas nacionalsocialistas eran técnicamente imposibles. El 21 de Febrero de 1979 el mismo periódico publicó una "declaración" firmada por 34 historiadores que me respondían [2]: "No hay que preguntarse cómo, técnicamente, tal asesinato de masas fue posible; fue técnicamente posible, puesto que sucedió". Ese fino trozo de imbecilidad académica era sólo una compuerta de escape que permitió a sus autores esquivar su deber y rechazar cualquier respuesta a mis argumentos, que eran principalmente de orden físico, químico y arquitectónico, pero también documental e historiográfico. Sin embargo, desde esa fecha, una multitud de autores, historiadores y periodistas, han tratado ciertamente de defender la tesis de la supuesta existencia y funcionamiento de cámaras de gas nacionalsocialistas, pero ninguno ha sido capaz de contestar mi petición, repetida cien veces: "¡Muéstreme o dibújeme una cámara de gas nacionalsocialista!".

[2] http://www.vho.org/aaargh/fran/inst/doc/decla34.html

     Incluso recientemente, un gran libro de apariencia académica ha sido dedicado a los presuntos asesinatos nacionalsocialistas de masas por medio de gas tóxico, pero en dicho libro no se encuentra una sola representación de una cámara de gas, una sola ilustración técnica, ni la sombra de una respuesta concreta a mi desafío. Ésa es la segunda edición, revisada y corregida, publicada en 2012, de un libro primero publicado en Berlín en 2011: "Neue Studien zu nationalsozialistischen Massentötungen durch Giftgas / Historische Bedeutung, Technische Entwicklung, revisionistische Leugnung", de 480 páginas particularmente densas. Los principales autores son Günter Morsch y Bertrand Perz, con la colaboración de Astrid Ley. A esos tres nombres deberían ser añadidos aproximadamente otros treinta, incluyendo, por ejemplo, a Brigitte Bailer, Jean-Yves Camus, Barbara Distel, Richard J. Evans y Robert Jan van Pelt. El título significa: "Nuevos Estudios sobre los Asesinatos Masivos Nacionalsocialistas por Gas Venenoso / Significado Histórico, Evolución Técnica y Negación Revisionista".

     Pero ¿cómo puede uno concebir el estudio de la evolución técnica de un arma letal sin proporcionar una sola ilustración técnica de aquella arma?. ¿Cómo puede uno responder a la "negación revisionista" sin hacerse cargo de su desafío principal, lo que equivale a decir que el arma esencial del supuesto crimen es obviamente, y muy simplemente, imposible de concebir y describir, cuando uno está consciente, por ejemplo, de la inevitable complicación de una cámara de gas estadounidense para la ejecución de un solo condenado? Porque en una ejecución por gaseamiento la dificultad está no tanto en matar a otro sin matarse uno mismo, sino en ir, después de la ejecución, y sacar un cuerpo impregnado de cianuro de su asiento y de la cámara, sin ningún riesgo para nadie, una dificultad que, como ha sido señalado, los alemanes y los miembros del Sonderkommando, por su parte, por lo visto habrían vencido miles de veces cada día.

     Repitamos: matar a una muchedumbre de gente en un cuarto con ácido cianhídrico es peligroso, pero no imposible; entrar en el cuarto después, incluso con una máscara anti-gas, entre una enorme cantidad de cadáveres impregnados de cianuro y luego ponerse a desenredarlos y llevárselos, en el curso de unas pocas horas, para hacer espacio para un nuevo gaseamiento de la misma proporción, está en la esfera de lo imposible. El lector habrá entendido: los gaseamientos masivos en serie son sólo otra historia ridícula (como Yehuda Bauer ha confesado en cuanto a lo que ha sido abundantemente dicho sobre "Wannsee"), de la misma clase que aquellas sobre el "jabón judío", las "pantallas de lámpara de piel humana", el exterminio de los detenidos judíos en Treblinka por vapor (documento oficial PS-3311 de Núremberg), su exterminio en Auschwitz por electricidad y en hornos a presión (prensa soviética a principios de Febrero de 1945), o, cerca de Belzec, por cal viva (Jan Karski).

     Hay una lista interminable de cuentos absurdos al estilo de los de Elie Wiesel [3] o del sacerdote Patrick Desbois [4], sobre "géiseres de sangre", o de una mano que surge de una fosa común para agarrar una pala, o de un exterminio sistemático bajo cojines o almohadas (el "Holocausto por asfixia"). Mis propios escritos no son ignorados en ese enorme libro, ya que mi nombre aparece 33 veces (y no sólo 12, como el índice puede llevar a creer). "¡Sr. Faurisson, usted atormenta mis noches!", exclamó en una sala de tribunal parisiense en 1981 Bernard Jouanneau, abogado y amigo de Robert Badinter. En otra ocasión, en 1982, el mismo Jouanneau casi prorrumpe en sollozos al comprender de repente que la pretendida evidencia de la existencia de cámaras de gas nacionalsocialistas que él acababa de ofrecer a la primera sala del tribunal de apelación parisiense (presidida por el juez François Grégoire) "no valía gran cosa" (sus propias palabras, en un momento de conmovedora sinceridad).

[3] http://robertfaurisson.blogspot.com/1986/10/a-prominent-false-witness-elie-wiesel.html
[4] http://robertfaurisson.blogspot.com/2007/11/father-patrick-desbois-is-one-hell-of.html

     Pienso que también he revelado a Raul Hilberg (un judío estadounidense) y a Robert Jan van Pelt (un judío canadiense, su sucesor como el historiador del "Holocausto") cómo ellos han fallado, cada uno por su lado, en sus ofrecimientos de presentar pruebas. Es sobre todo R. J. van Pelt quien en el libro en cuestión se encarga de darme una respuesta. Sus frases de auto-humillación (pp. 343-354), que son patéticas, están esencialmente basadas en los escritos de Jean-Claude Pressac, pero Van Pelt evita revelar que su autor los desconoció a ambos el 15 de Junio de 1995 (un mes después de su aparición en la 17ª sala del tribunal correccional de París, donde el abogado Eric Delcroix, ayudado por mi información, lo había sometido a una absoluta humillación).

     Pressac llegó tan lejos como a admitir que la actual versión, "aunque triunfante", de la historia oficial del exterminio de los judíos estaba "putrefacta" con demasiadas mentiras y condenada al "basurero de la Historia". Pero ¿no ha admitido el propio Van Pelt —en Diciembre de 2009— que el campo de Auschwitz-Birkenau, donde millones de peregrinos han ido en visitas organizadas, no contiene ninguna "evidencia física" de lo que "sabemos" (sic) sobre el "Holocausto" ("A Case for Letting Nature Take Back Auschwitz", Toronto Star, 27 de Diciembre de 2009)? Entre los historiadores, el mito de las cámaras de gas nacionalsocialistas está a punto de expirar. En vez de tratar de mantenerlo vivo artificialmente con un persistente clamor, espectáculos, publicidad, represión, amenazas y chantaje, sería mejor simplemente sepultarlo, como el Estado de Israel finalmente decidió hacer con el cadáver del cuerpo de Ariel Sharon.

     En conclusión, si hay un hecho sobre el cual nosotros los revisionistas deberíamos llamar la atención de la gente no informada, es sobre ese acuerdo tácito de todos los sistemas judiciales, francés o extranjeros, para no exigir jamás, durante 70 años, la menor inspección criminológica del arma homicida, es decir, de un arma sin precedentes que habría permitido la matanza, en proporciones industriales, de millones de víctimas, negativa que tuvo sólo una excepción, la del campo Struthof-Natzweiler, para el cual un examen forense produjo una conclusión completamente negativa: ninguna cámara de gas, ningún gaseado.

     En el fondo, todos los sistemas judiciales han seguido el ejemplo del caso llamado el Tribunal Militar Internacional (IMT) que en 1945-1946 se arrogó el derecho, como un tribunal de "justicia" establecido por los ganadores de la reciente guerra, de juzgar a sus propios vencidos. Su organizador, el fiscal estadounidense Jackson, había declarado con un fino cinismo: "Como un tribunal militar, esta Corte es una continuación del esfuerzo de guerra de las naciones Aliadas", IMT, vol. XIX, p. 398, 26 de Julio de 1946). En los artículos 19 y 21 de su Carta dice: "El Tribunal no estará obligado por las reglas técnicas relativas a la administración de las pruebas (...). El Tribunal no requerirá que sean presentadas pruebas de hechos de notoriedad pública, sino que los tendrá por algo conocido".

     Así, las acusaciones presentadas sin ninguna prueba por la propaganda Aliada recibieron el respaldo formal de un tribunal estrictamente Aliado, y en absoluto "internacional". Mejor aún, de acuerdo con la frase final del Artículo 21, toda una serie de informes redactados por los vencedores acerca de crímenes imputados por ellos mismos a los derrotados debía tener automáticamente "valor de evidencia auténtica", ¡y a nadie se le permitiría cuestionarlos! Tales eran los efectos de la "notificación judicial" para aquel Tribunal, una práctica que consiste en excluír la discusión de un elemento cualquiera y considerarlo como un hecho averiguado. 

     Y cuarenta y cinco años después debía haber algo aún más detestable en el ámbito del derecho: en Francia, la "patria de los derechos humanos", Laurent Fabius y los suyos consiguieron una mayoría socialista y comunista en el Parlamento para aprobar (y hacer publicar en el Journal Officiel de la République Française el 14 de Julio de 1990, para el aniversario ducentésimo primero de la Toma de la Bastilla, el baluarte del régimen basado en el privilegio) una ley que prohibía, bajo pena de multa y encarcelamiento, cualquier debate (bajo la forma que fuese, incluyendo expresiones irónicas, como la jurisprudencia iba a especificar) acerca de la realidad de aquellos crímenes cometidos sobre todo contra judíos, una realidad, sin embargo, nunca descrita o establecida por ningún servicio policial técnico o forense. En este punto uno tendrá cuidado con antiguas investigaciones polacas que certifican la existencia de rastros de ácido cianhídrico en cabellos o en objetos metálicos —todos desinfectados—, o de un examen emprendido en una fecha completamente tardía —alrededor de 1990 [5]— en un intento de contestar al "Informe Leuchter" de 1988; aquel estudio, hecho por el Instituto Jan Sehn de Cracovia, resultó ser bochornoso para los polacos y valioso para los revisionistas.

[5] Un Informe Polaco Oficial sobre las "Cámaras de Gas" de Auschwitz http://www.ihr.org/jhr/v11/v11p207_Staff.html

     Y no me extenderé aquí en la saga, en Viena, del examen forense realizado por Gerhard Jagschitz, o en el de Walter Lüftl; el lector puede buscar aquellos dos nombres a fin de tener una idea del comportamiento de ciertos jueces austriacos que, llenos de audacia, ordenaron un examen y luego, cobrando miedo, capitularon finalmente. El nombre de un cierto capitán Fribourg, del ejército francés, y su "comienzo de un estudio" de la presunta cámara de gas de Dachau también puede ser encontrado.

     La mentira de las cámaras de gas nacionalsocialistas pasará un día a la Historia como una de las imposturas más fabulosas de todos los tiempos. Esa mentira se ha desarrollado lentamente, sin un complot o conspiración, y sin que el gran público haya tomado conciencia de ella. Si buenas personas han sido tan malamente engañadas, ello ha sido con su consentimiento y su cooperación. Ellos han creído, luego han querido creer, luego al final han tenido que hacer que otros creyeran, antes de estar legalmente obligados a creer. Todo esto ha pasado del mismo modo en que un gobierno quiere lanzar a una población pacífica a una campaña militar. Tal gobierno no tiene ninguna necesidad de complot o de conspiración. Haciendo exhibición de sus buenos sentimientos, le bastará apelar, gracias al servilismo de una "prensa libre", a nociones de derecho, de justicia y de virtud precisamente porque está a punto de violar cínicamente el derecho, la justicia y la virtud. La gente comenzará a creer al gobierno, luego marchará con él y, finalmente, correrá a la guerra.

     De un año para otro, ellos se encontrarán en guerra, armados de pies a cabeza. Y ellos combatirán de buen corazón a "la bestia inmunda", contra la cual todos los medios son buenos, comenzando con el derecho a mentir y a odiar, luego a saquear, violar, matar por colgamiento y, la recompensa suprema, el derecho del orden establecido a escribir la historia de todo eso como le parezca conveniente. Espontáneamente la buena gente adquirirá la costumbre de odiar, de mentir, de marchar al paso. Y aquellos que traten de hacerlos razonar ya sólo serán a sus ojos unos "expertos de la mentira, gángsters de la Historia", diabólicos "nazis" muy simplemente. La lección ha sido bien aprendida. Pero ahora va a tener que ser desaprendida, revisada y corregida. Estamos en el alba del año 2015. Redactemos el acta de defunción de la mentira histórica de las mágicas cámaras de gas nacionalsocialistas. En un retorno al respeto por la exactitud en asuntos de Historia, prometamos que esa gigantesca impostura será "la última de todas". Hasta la siguiente, por supuesto.

    Porque —cuidémonos de no olvidarlo— Céline, quien, ya en 1950, denunció "la mágica cámara de gas" y declaró: "Todo era la cámara de gas. ¡Eso lo permitía TODO!", añadió sin embargo: "Habrá que encontrar algo más". En 1932, en el "Viaje al Final de la Noche", él nos advirtió: "El delirio de mentir y creer se pega como la sarna". ¡Fragilidad del hombre! ¿De dónde le puede venir esa facilidad, y luego ese ardor para creer en un arma diabólica que ni siquiera le permiten ver? Para hacer bien las cosas, hay que apuntar bajo. Así entonces, ¡apuntemos bajo!. ¡No recurramos a la psicología de masas, al psicoanálisis, a la sociología o a ninguna otra ciencia!.

     Me pregunto si un simple punto de vocabulario (en francés con la curiosa expresión "chambre à gaz", en inglés con "gas chamber", en alemán con "Gaskammer", y en otras lenguas también) explicaría la facilidad y apetito con que tal bobería ha sido tragada. Así resulta que el término francés "chambre à gaz" ha sido copiado de la "chambre à coucher" (dormitorio). Para nombrar el instrumento que administra la muerte ha sido elegida una combinación de palabras que implícitamente evocan el descanso y el sueño. ¿Por qué, entonces, atormentar nuestros cerebros preguntándonos a qué se parecía aquel instrumento y cómo funcionaba? Una cámara de gas, en la mente del hombre simple, es simple: debe ser como un dormitorio o cualquier cuarto, pero con gas dentro. Un hombre es puesto en ella; después de un tiempo, el individuo es encontrado muerto y sólo resta llevarse el cuerpo; en cuanto al gas, se ha disipado. No hay ninguna necesidad de emprender una investigación científica: la prueba de un gaseamiento no debe ser buscada en un examen médico-legal, ya que los testimonios bastarán. Después de todo, ¿no se habían distinguido ya los alemanes durante la Primera Guerra Mundial por su uso de gas tóxico?.

     Una de las mentiras más descaradas de la Historia, la de las presuntas cámaras de gas nacionalsocialistas, por supuesto se originó en el odio y en el hábito inveterado de la mentira, pero ha prosperado en la ingenuidad. Con absoluta buena fe, las buenas gentes se indignaron por aquel "horror nazi". Al hacer eso, ellos le prestaron una mano a una calumnia gigantesca, una mentira criminal de proporciones mundiales. ¡Sancta simplicitas!, ¡Bendita ingenuidad! Los historiadores están comenzando a mostrar su desacuerdo contra esa mezcla de mentiras y candor, mientras la tercera generación de posguerra manifiesta su molestia contra el persistente adoctrinamiento. Y además, la Internet está allí. Las condiciones para un renacer de las mentes parecen haberse reunido.

     Los judíos, en su conjunto, y los israelíes hubieran sido bien aconsejados si escucharan al fundador del museo Yad Vashem, el profesor Ben Zion Dinur, nacido Dinaburg. Algunos judíos, como Josef Ginzburg (alias Joseph G. Burg), Gilad Atzmon y Paul Eisen han hecho aquello. Ellos merecen nuestra estima. Pero, en este momento, nuestros pensamientos deben ir primero a la enorme cohorte de revisionistas humillados, insultados, desdeñados, golpeados, llevados a a la ruina, al suicidio, condenados al encarcelamiento y a veces forzados a la deshonra. Y en primer lugar, nuestros pensamientos deben dirigirse a los primeros de ellos: los franceses Maurice Bardèche, autor de Núremberg o la Tierra Prometida (1948) [6], y Paul Rassinier, autor de Le Mensonge d’Ulysse (1950, publicado en inglés bajo el título de La Historia del Holocausto y las Mentiras de Ulises [7]).

[6] PDF en inglés en http://vho.org/aaargh/fran/livres7/BARDECHEnureng.pdf
[7] http://ihr.org/books/rassinier/debunking.html

     Conclusión práctica: de aquí en adelante, cada vez que un oponente del revisionismo se tome la libertad de invocar otro testimonio en apoyo de la existencia de las presuntas cámaras de gas nacionalsocialistas, pídasele que muestre en cambio un estudio forense del arma homicida, el arma del crimen de todos los crímenes. Cada vez que, en el sitio en Auschwitz-I, Majdanek, Mauthausen, Struthof o en otra parte, un guía tenga la desfachatez de declarar: "Este lugar es (o fue) una cámara de gas en la cual los nacionalsocialistas mataron a judíos", en vez de testimonios exijamos pruebas, una sola prueba (prueba forense suministrada por los servicios policiales técnicos o científicos), en apoyo de aquella acusación.

     Para finalizar, ante los jueces que nos juzgan, lancemos la pregunta: "¿Qué derecho tiene alguien para amenazar con el látigo de la ley a una persona que rechaza creer en la existencia de un arma prodigiosa que, en setenta años, nadie ha sido nunca capaz de describir o mostrar, ni siquiera con un dibujo explicativo?". No puede haber ningún derecho a condenar a un hombre que preguntó a la Universidad francesa cómo exactamente tales mataderos fueron diseñados y cómo ellos funcionaron, y a quien treinta y cuatro miembros de aquella universidad lastimosamente contestaron con las estúpidas palabras ya citadas: "No hay que preguntarse cómo, técnicamente, tal asesinato de masas fue posible; fue técnicamente posible, puesto que sucedió"     


UNA PRUEBA, FINALMENTE, O... ¡QUE SE CALLEN LOS IMPOSTORES!


* * * *

Suplemento Nº 1: Para terminar, "¡la pregunta que mata!".

     Si los inofensivos depósitos de cuerpos de los crematorios en efecto fueron convertidos respectivamente en cuartos para desvestirse en un lugar y en cámaras de gas en otro, ¿dónde fue posible, de día en día, almacenar los cuerpos de aquellos que habían muerto de causas naturales? ¡Que alguien me muestre aquella área, sobre el terreno o en los planos de edificación que fueron mantenidos ocultos hasta que yo mismo los descubrí!.

     ¿Dónde fueron puestos los cuerpos cuando, en particular, las epidemias de tifus causaban estragos entre los detenidos, los civiles polacos y alemanes, los soldados y los médicos alemanes, en las instalaciones de hospital reservadas para presidiarios o para soldados (como, por ejemplo, el distrito SS, situado a unos pasos del crematorio de Auschwitz-I)? Recordemos que aquellos depósitos podían ser de tres clases: 1) para cuerpos todavía no colocados en ataúdes; 2) para cuerpos en ataúdes; y 3) para cadáveres infectados (con un aislamiento reforzado del cuarto), que fue el caso en el campo de Sachsenhausen-Oranienburg. ¿Quisiera alguien que nosotros creamos que, equipados como estaban con un cuarto para vestirse y una cámara de gas, aquellos crematorios "nazis" simplemente carecieron de algún depósito de cuerpos?. ¿Crematorios sin depósitos? ¡Sólo en el reino de la ficción!.


Suplemento Nº 2: La supuesta cámara de gas homicida de Auschwitz-I ("Todo allí es falso", como Eric Conan terminó por admitir).

     Abajo, la primera foto es la de la puerta de una cámara de gas genuina para la ejecución de una sola persona por ácido cianhídrico (HCN). Se trata de una cámara de gas estadounidense construída según la técnica desarrollada en los años '30 y '40. La examiné en Septiembre de 1979 en la penitenciaría de Baltimore. Para más fotos y todas las explicaciones pertinentes (en francés), véase

http://robertfaurisson.blogspot.com/1980/02/chambre-gaz-du-penitencier-de-baltimore.html.


     Las siguientes dos fotografías muestran una de las puertas de una supuesta cámara de gas para la matanza de una multitud de personas con el mismo gas. Ésa es la "cámara de gas" de Auschwitz-I (campo principal), visitada por millones de turistas. La puerta se abre hacia adentro, lo que constituye un absurdo ya que los cadáveres esparcidos dentro sobre el suelo le habrían impedido abrirse.

     La misma puerta, cerrada, revela dos absurdos más, ya que el gas se habría escapado tanto por el ojo de la cerradura como por el vidrio fácilmente rompible, alcanzando así la cercana enfermería SS. En 1995 el historiador ortodoxo Eric Conan escribió dándome la razón en cuanto al impresionante conjunto de "falsificaciones" que yo había descubierto en 1975-1976. Numerosos otros, en el pasado, han denunciado esas falsificaciones. ¿POR QUÉ TODAVÍA ESAS FALSIFICACIONES SON PASADAS EN SILENCIO HOY?.


     Estas tres fotos de esta manera invitan a la comparación de una puerta de una verdadera cámara de gas para ejecuciones (localizada en Baltimore) por una parte, que posee una puerta, con una presunta cámara de gas de ejecución (localizada en Auschwitz-I) mostrada primero abierta y luego cerrada, por otra.

     Una verdadera puerta de cámara de gas para ejecuciones es de acero, como todo el resto de la construcción, y su vidrio es reforzado (Herculite glass). Para evitar que el ácido cianhídrico erosione las uniones de la puerta y así, tarde o temprano, se fugue y de difunda afuera, debe ser creado un vacío en la cámara. Pero la creación de un vacío puede provocar un colapso general. De ahí la robustez extrema e indispensable de todo el conjunto.

     Los estadounidenses humanitarios que abogaron por la ejecución con gas (en vez de la ejecución por fusilamiento, ahorcamiento o electricidad, consideradas demasiado crueles) imaginaron que nada sería más simple que el uso del gas. Ellos iban a desilusionarse. A los ingenieros estadounidenses les tomó siete años (1917-1924) poner a punto su primera cámara de gas homicida. Y la primera ejecución, en 1924 en Carson City (Nevada), casi resultó en un desastre por la presencia significativa de gas letal en los pasillos de la prisión después de la muerte del convicto.–



1 comentario:

  1. Muy agradecido por la difución de estas investigaciones, es indispensable que la verdad salga ala luz!!

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