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domingo, 2 de julio de 2017

Anthony Jacob - La Falacia Igualitaria



     Anthony Jacob, periodista independiente nacido en Inglaterra, después de la Segunda Guerra vivió 17 años en diversos países de África, principalmente en Sudáfrica, donde vio de primera mano el desarrollo de muchos de esos países, estando en condiciones de escribir con autoridad acerca de los acontecimientos que amenazan la existencia del hombre Blanco. En 1965 publicó su libro "White Man, Think Again!", del cual presentamos ahora en castellano su primer capítulo titulado The Egalitarian Fallacy. El autor se sabe particularmente culpable de la moderna herejía de admirar a su propia raza por sobre las otras, y se sabe poseedor de cualidades que, al ser mencionadas por gente destructora, las acepta como un cumplido.


LA FALACIA IGUALITARIA
por Anthony Jacob, 1965



     «Es una ilusión imaginar que algo grande podría originarse del mar sin fondo de una universalidad» (Jacob Grimm).

     «Vosotros, predicadores de la igualdad, la tiránica locura de vuestra impotencia es lo que en vosotros reclama a gritos la "igualdad". ¡Vuestras más secretas ansias tiránicas se disfrazan, pues, con palabras de virtud!» (Nietzsche, Así Hablaba Zaratustra, II, De las Tarántulas).


     De todas las muchas falacias de nuestros tiempos, la más grande es que todas las razas son iguales. Ésta es la falacia sobre la cual está basada la mayor parte de nuestros desastres de la política y de los errores de argumentación. Ella es también la falacia que es la base de la filosofía política de la Organización de Naciones Unidas. Que ella haya prevalecido hasta ahora, que podamos haber sido persuadidos literalmente de que negro es blanco y blanco es negro, es la prueba no sólo de la extensa propagación de una gran falsedad sino de un desaliento igualmente sistemático de la verdad misma.

     La teoría de la igualdad de las razas sostiene que las diferencias raciales son simplemente de piel. Esto en sí mismo, sin embargo, es directamente una admisión de diferencia y no de igualdad. La teoría además afirma que aparte de diferencias de medioambiente y oportunidades favorables, no hay ninguna diferencia genética o innata en absoluto. En términos prácticos, esto significa que aunque haya diferencias indiscutibles de aspecto entre, supongamos, un pigmeo y un noruego, o un papuano y un escocés, ellas son diferencias puramente dermatológicas. Y las diferencias igualmente indiscutibles en comportamiento y logro se deben a que a los aborígenes les han sido negadas las ventajas de una educación universitaria occidental.

     Si bien hay muchos distinguidos antropólogos y genetistas que refutan la teoría igualitaria en su totalidad, y dan su apoyo científico a la visión de sentido común de la persona no instruída, su teoría contraria de la desigualdad racial no es puesta en circulación ampliamente. Ellos no reciben la publicidad que es permitida a sus opositores claramente más influyentes. Sin embargo, es raro, por decir lo menos, encontrar antropólogos que nieguen la validez de la raza, ya que eso significaría que ellos niegan la validez de lo que ellos estudian. Ellos serían como astrónomos que negasen la existencia de clases diferentes de estrellas, o geólogos que negasen la existencia de clases diferentes de rocas. Ellos serían como físicos que negasen cualquier diferencia entre diamantes de carbón negro y diamantes blancos a causa de que ambos están formados de carbón.

     A pesar de todo, los antropólogos igualitarios niegan realmente las diferencias raciales inherentes; y su ejemplo es seguido por los científicos sociales, los cuales en sentido estricto por supuesto no son científicos en absoluto. La mayor parte de los ministros religiosos también apoyan el dogma igualitario, porque ellos sienten que hay algo esencialmente anti-cristiano en todas las nociones de inferioridad o superioridad, excepto, confiamos, donde la indudable superioridad de la religión cristiana sobre otras religiones está involucrada. Así, como ha observado el psicólogo estadounidense profesor Garrett, los grupos científicos y religiosos igualitarios tienden a apoyarse unos a otros. Los grupos científicos echan mano a la denuncia moral cuando sus pruebas son débiles, y los religiosos apelan a la "ciencia" cuando sienten la necesidad de reforzar sus sermones éticos.

     Los liberales, por su parte, son por lo general un poco más cautelosos. Ellos, con su grandilocuencia característicamente sin sentido, declaran que todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios. Eso indicaría, si es que indica algo en absoluto, que los hombres más malvados son iguales a los mejores, y que Dios no diferencia entre ellos. Eso indicaría que Dios y sus buenos tenientes liberales —quienes están siempre muy obviamente trabajando en estrecha relación con el Todopoderoso— no logran ver ninguna diferencia entre Gilles de Rais y Juana de Arco, o entre Mesalina y Florence Nightingale. Eso también indicaría, aparentemente, que mediante sus autorizativas declaraciones acerca de cómo ve la Deidad, los liberales se han designado ahora a sí mismos como oculistas celestiales.

     En nuestras universidades y centros de educación superior occidentales el adoctrinamiento se lleva a cabo rápidamente, y los estudiantes repiten el dogma igualitario con creciente frecuencia y confianza. También nuestros intelectuales han apoyado el dogma de manera tan poco crítica, que ellos han aceptado los principios estrechamente relacionados del arte surrealista —es decir, por "encima del realismo"—, que expresa su desesperado ateísmo y nihilismo a la perfección. Siendo iconoclastas debido a su incapacidad de creer en algo positivo, y deseando a toda costa mantenerse bastante adelante de la manada común a fin de impresionar a sí mismos y a nosotros con sus formidables poderes mentales, el de ellos es un convencional anti-convencionalismo que es al menos tan absurdo como peligroso.

     Bastante más alarmante es el hecho de que sólo los más valientes o los más imprudentes de los científicos jóvenes, los aspirantes a sumos sacerdotes de mañana, se aventurarían a poner en peligro sus carreras rebatiendo el dictamen aprobado. Si ellos quieren tener éxito, deben caminar de acuerdo a la línea del partido, tal como sus homólogos en Rusia, ya que la línea del partido en este caso, debe ser dicho, es también la línea comunista. Los rusos siguen propagando el dogma igualitario (aunque ya no en su propio país esencialmente orientado por la aristocracia) porque eso sirve para subvertir la sociedad y el poder occidentales.

     Poniendo todo de arriba abajo, el hombre Blanco en las colonias es depositado en el fondo del amontonamiento consiguiente, y en su racialmente homogénea tierra de origen, las clases dirigentes hereditarias son derrocadas por las masas, las cuales entonces quedan bajo el dominio comunista.

     Eso debe ser esperado de los comunistas, pero no de nuestros propios líderes políticos occidentales. De modo desconcertante, sin embargo, estos últimos, de manera no menos celosa, se adhieren al dogma común. Sería bastante malo si ellos hicieran eso por motivos de una conveniencia política mal encaminada; pero uno sospecha fuertemente que ellos han sido genuinamente convertidos y que creen sinceramente sus propias declaraciones.

     Así, por ejemplo, el señor Diefenbaker, hasta hace poco el conservador Primer Ministro de Canadá, dijo que "Independientemente del color, independientemente de la raza, todos son iguales. Ningún otro principio es suficiente. Ningún otro principio es aceptable". Puesto que él creía que "Ghana y Canadá comparten los mismos principios de libertad y justicia en nuestros asuntos nacionales", mientras que la segregación racial practicada en Sudáfrica era una "abominación", él ansiosamente visitó el Dominio Negro de Ghana, pero rechazó rotundamente visitar el Dominio Blanco de Sudáfrica. En realidad, él dio un énfasis práctico a sus opiniones iniciando la desintegración de la Comunidad Británica Blanca de Naciones forzando la expulsión de Sudáfrica. Él creía en "la hermandad de Dios y el hombre", pero evidentemente con ciertas reservas. En cualquier caso, a pesar de su santimonia, él está ahora fuera del poder porque fue rechazado por la hermandad del hombre canadiense y aparentemente por Dios también.

     Los sucesivos Presidentes de Estados Unidos, desde Roosevelt en adelante, han repetido igualmente el nuevo credo. El Presidente Truman dijo que "Dios no tiene favoritos"; el Presidente Eisenhower declaró que la desigualdad racial, que fue causada por el "amargo prejuicio acerca de la pigmentación de la piel", era uno de los defectos que dañan la imagen de Estados Unidos; y el Presidente Kennedy dijo que aquélla era una "cruel enfermedad". Ni tampoco el señor Macmillan (quien, muy parecido a Diefenbaker, dijo que "Ghana es la luz brillante de la Commonwealth británica") deja de seguir el mismo camino ideológico.

     En efecto, él nunca dudó en repetir las opiniones más comunes e insensatas con respecto al tema. En Ciudad del Cabo, en un almuerzo dado por el liberal Concejo Municipal, él declaró que "...India, que es ahora Paquistán, Malaya y Ceilán, todos éstos eran grandes civilizaciones nacidas cuando nosotros éramos salvajes. Ellas tuvieron grandes filosofías y religiones cuando nosotros deambulábamos como salvajes por nuestra pequeña isla, vestidos con vegetales". Habiendo dado esa paliza a Sudáfrica, expresado su desprecio por Gran Bretaña, y alabado la antigua civilización aria de India, él luego, pocos días más tarde, insinuando que Gran Bretaña ya no permanecería neutral en la ONU y en otras partes acerca de los asuntos internos de Sudáfrica, anunció que "Rechazamos la idea de cualquier superioridad inherente de una raza sobre otra. Nuestra política, por lo tanto, es no-racial".

     En esta última frase en particular, sin embargo, él reveló el completo anti-realismo que acompaña a todas las declaraciones de igualdad racial, ya que, a menos que ello sea aplicado a una comunidad o mundo completamente híbridos, ¿qué puede acaso significar la expresión "no-racial"? Se trata de una suprema contradicción en los términos. Nos cuesta creer que el señor Macmillan diría a sus aparentemente despreciables nietos Blancos que él va a llevarlos al zoológico no-animal de Londres, o a los jardines no-botánicos de Kew en Australia, o que señalaría a caballos y cebras o llamas y camellos y diría que ellos pertenecen a los mismos no-géneros.

     La sistemática supresión y distorsión de la verdad a fin de obligarla a caber en el lecho de Procusto de un ateo Gobierno Mundial claramente presagia un retorno de la Inquisición. Una universalidad política trae en su tren, en su misma caravana, calabozos e instrumentos de tortura para los herejes. Y si bien podemos maravillarnos de los escolásticos medievales, que basaban sus irrefutables argumentos lógicos en premisas no examinadas o insostenibles, es en una manera no menos irracional que los modernos partidarios de un Mundo Único proceden con sus sofismas. En realidad, el peligro es ahora absolutamente mayor, ya que incluso la Inquisición no procuró negar la identidad del hombre europeo como tal, ni tampoco negaba a Dios.

     Por el contrario, aunque una institución semi-oriental en sí misma (prácticamente cada refinamiento de tortura fue introducido en Europa desde Asia), la rama más celebre de ello, a saber, los españoles, realmente nació del choque racial entre españoles cristianos y asiáticos no-cristianos. Sin embargo, mientras que nuestros resolutos gobernantes de tiempos antiguos —de los tiempos cuando realmente poseímos jefes— nunca permitieron a la Inquisición establecerse en Inglaterra y otros países de Europa del Norte, hay claros indicativos de que nuestros actuales dirigentes darían la bienvenida a su equivalente moderno.

     Siendo la hipocresía el tributo que el vicio paga a la virtud, el proceso de este establecimiento de un Mundo Único está siendo conducido bajo la tapadera de slogans supuestamente intachables, como Libertad, Justicia, Humanidad, Hermandad, etcétera, los mismos valores que inevitablemente suprimiría. Que esto haya sido implementado furtivamente paso a paso para rodear a su objetivo, señala en sí mismo el infame designio. Evidentemente se percibe que los pueblos de Occidente se resistirían a ello si comprendieran sus implicaciones prácticas. El concepto de Humanidad, después de todo, no nos incluye a nosotros. La propia propaganda humanitaria ha revelado esto, aunque de manera involuntaria.

     Cuando, habiendo terminado la lectura de nuestros diarios, cerramos nuestros ojos y formamos cuadros mentales de la Humanidad, no vemos a gente Blanca limpia y honrada sino sólo masas ignorantes y atropelladoras de oprimidos manifestantes no-Blancos. Del mismo modo, no es para esas masas de la Humanidad que la Inquisición moderna está siendo preparada sino sólo para nosotros, necesariamente, ya que, aparte de la cuestión de la venganza racial, somos los únicos que nos interponemos en el camino de la dominación mundial que pretenden otros. Los negros africanos, por ejemplo, no representan una barrera para nadie, ni una amenaza para ninguno, excepto para un puñado de colonos Blancos. No teniendo ninguna futura grandeza ante ellos, o algún futuro en absoluto, ellos son simplemente peones útiles en el juego.

     Además, la raza negra tendría poco o nada que perder con la mezcla con otras razas, mientras que la raza blanca sería totalmente deshecha por la mezcla, sobre todo con los negros.

     El trabajo de comunistas y liberales, de conspiradores e idealistas antojadizos por igual, es hecho tanto más fácil por la credulidad de sus víctimas. Esto se aplica en particular a los pueblos de habla inglesa, que nunca parecen comprender que el mundo está formado no sólo de señores ingleses, y que está preocupado no sólo del bienestar inglés o estadounidense o australiano. Desde luego, el mundo no tendría nada demasiado terrible de qué quejarse si llegara a quedar bajo la jurisdicción de la ley inglesa, y sería mantenido en orden por amables policías ingleses, muy a la manera en que fue administrado bajo la Pax Britannica. Pero los habitantes de los países anglosajones no estarían muy completamente felices con tropas de policía mongolianas haciendo cumplir los decretos de un Tribunal Mundial de estilo asiático. Aunque cada uno sepa cuán fácilmente la atención puede ser desviada de la verdadera cuestión por la creación de un alboroto sobre cualquier otra cosa, es notable que nosotros los de Occidente estemos tan obnubilados por la propaganda, que somos incapaces de ver que la "preocupación mundial" por las razas "desvalidas" es esencialmente una cortina de humo que oculta la amenaza contra nosotros.

     Insensibilizados por la fuerza de esta propaganda, o habituados a su prevalencia indisputada, estamos siendo persuadidos a respaldar los proyectos para nuestra propia perdición al mismo tiempo en que deberíamos haber sido más agudamente alertados de nuestro peligro. Sin mostrar el menor rastro de sospecha o haciendo la más mínima protesta —porque nos han dicho que sólo en malvados países totalitarios la gente es sometida al lavado de cerebro— nos hemos comprometido irreflexivamente con dichos ruinosos dogmas, para no decir muy insultantes, de igualdad racial, Humanidad común, hermandad universal, etcétera; pocos comprenden que somos la única gente en el mundo lo bastante imparcial o lo bastante tonta para creer en ellos, o lo bastante generosos para practicarlos. Tampoco parecemos entender que esa misma actitud de sentimentalismo ingenuo debe inevitablemente debilitar nuestro necesario instinto de auto-afirmación, nuestra capacidad ocasional para declarar lo que exigimos más bien que lo que estamos listos a ceder. Dicha actitud también debe anular nuestro sano y eminentemente justificado orgullo de raza, porque si todas las razas son iguales no puede haber ninguna justificación para creer que la nuestra propia sea un poco mejor que la peor, y absolutamente ninguna razón aceptable para oponerse a los procesos de mestización.

     Es de acuerdo con la naturaleza sub-repticia de la actual revolución mundial de liberales y comunistas, donde afecta a Occidente, que es aludida no como una revolución sino como una evolución. En otras partes es abiertamente llamada revolución, pero para nuestro beneficio es llamada evolución precisamente porque se trata de una "evolución" contra nosotros.

     Las teorías de la revolución política, en cualquier caso, son generalmente repugnantes para nosotros porque ellas ofenden nuestros instintos anglosajones conservadores de manera innata. Somos un pueblo extraño en tanto preferimos la estabilidad a la anarquía. La teoría de la evolución, por otra parte, como la han propuesto tres grandes pensadores de Occidente —Lamarck, Darwin y Wallace— es una que ha ganado un completo predominio sobre nosotros, y es porque ha ganado ese predominio sobre nosotros que estamos confundidos para saber refutarla cuando ella es traducida a términos políticos.

     No obstante, la teoría de la evolución, ciertamente como es popularmente concebida, contiene muchos absurdos y está llena de dificultades no menores aparentemente insuperables. El asunto es demasiado enorme para ser examinado con detenimiento aquí, de manera que sólo vamos a mencionar algunos de los absurdos o ideas falsas más comunes. Para nuestros actuales propósitos, sin embargo, podría ser comentado aquí que la palabra "involución" ocupa un espacio tan grande en nuestros diccionarios como la palabra "evolución", y que la palabra "retrogresión" ocupa un espacio tan grande como la palabra "progreso".

     De modo similar, en cuanto a las diferencias entre la raza blanca y la raza negra, las diferencias son tan básicas que ellas impregnan, de la piel a los huesos, sus respectivas estructuras. Será suficiente en esta etapa simplemente echar un vistazo muy breve a algunas de las nociones más populares acerca de dichas diferencias. En primer lugar, en cuanto a la noción patentemente absurda de que la única diferencia entre el hombre negro y el Blanco es la de la pigmentación de la piel, sería pertinente preguntar cómo esto puede ser reconciliado con el albino africano.

     En África el nativo albino es aceptado incondicionalmente por el hombre negro y el Blanco por igual, al ser en todos los respectos un negro, excepto por el color de su piel. Salvo eso, él no es ni remotamente un hombre Blanco. En un estilo bastante similar, el hombre Blanco en África, según nuestras ideas populares acerca de la evolución como estando determinada por el medioambiente, debería haber comenzado quizás a adquirir una piel negra. Pero aquellas comunidades Blancas que han estado establecidas en África durante generaciones, e incluso cientos de años, a condición de que ellos hayan retenido su raza intacta, son todavía absolutamente blancas en su color. Y por supuesto, si el hombre Blanco debiera vivir en África durante miles de años, incluso hasta el día del Jucio Final (the crack of doom), su piel todavía permanecería absolutamente blanca.

     Aunque ya no veamos ninguna semi-forma peculiar surgiendo desde la nata de las aguas estancadas (formas de transición que serían igualmente incapaces de existencia y auto-propagación), la ciencia cree que la evolución, aunque sólo en una forma atenuada, todavía está teniendo lugar. Pero ¿debemos suponer de esto que el hombre negro evolucionará hasta llegar a ser un hombre Blanco, incluso si él deja de adquirir una piel blanca?. ¿Debemos suponer que sus rasgos pithecoides van a llegar a convertirse en rasgos caucasoides, etcétera? Es difícil pensar que alguien pudiera creer esto, a menos que él pudiera creer que el gorila evolucionará hasta convertirse en un negro. (Bien podría preguntarse, a propósito, por qué los monos no han evolucionado hasta convertirse en hombres, si el hombre desciende de un mono). El negro no evolucionará. Él siempre será un negro y nada más. Su única ruta de escape es subiendo la escala desde el mulato [50% Blanco y negro] al cuarterón [mezcla de mulato y Blanco, negro en un 25%], del cuarterón al octorón [mezcla de cuarterón y Blanco, negro en su 8ª parte].

     Si bajo el dominio de pueblos avanzados —pueblos más biológicamente refinados— el negro es obligado a cambiar sus antiguas costumbres primitivas y a vestirse con ropa europea y a conducir automóviles y locomotoras, o incluso a observar a través de microscopios, eso no significa que él haya evolucionado hacia un tipo superior. Evolución es cambio, sí, pero cambio no es necesariamente evolución. Tampoco la educación efectúa otra cosa sino un cambio superficial en él, ya que si bien la educación puede cambiar el estilo, no cambia la sustancia. Como hemos observado en todas partes en África, o en este caso en Estados Unidos, en el momento en que la disciplina Blanca es removida del negro, éste vuelve a su tipo previo; y él es tanto más grotesco al haber recogido bastantes conductas y formas lingüísticas del hombre Blanco como para ser capaz de imitar a los Blancos para su propia supuesta ventaja.

     La diferencia extrema en el color de piel de caucasoides y negroides es en efecto el factor más difícil de explicar para los defensores de la igualdad racial. Como ellos no pueden justificarla, entonces tratan de evitar ese factor. Y eso ellos lo hacen no tanto evadiéndolo como enfatizándolo, a fin de desacreditarlo y obtener para dicha diferencia la aceptación que otorga la sobre-familiaridad. Ellos saben que no vemos con nuestros ojos tanto como con nuestras mentes, y que si no pueden ser puestas anteojeras a los ojos, ellas pueden ser puestas a las mentes. A fuerza de enfatizar continuamente "el mero color de piel de un hombre", que ellos saben perfectamente bien que es el índice deslumbrantemente claro de una profunda diferencia biológica, ellos esperan impedir la objeción de la gente Blanca. Ellos esperan hacernos sentirnos estúpidos por pensar que es importante, y culpables por mencionarla.

     La repetición es el ingrediente principal de la publicidad y el lavado de cerebro exitosos, y con la salvedad de que ella está siendo en este caso empleada para fines inhibitorios, el idéntico proceso por el cual los productos son promocionados y vendidos está siendo puesto en acción. Nos está siendo "vendida" una idea. La repetición es una forma de hipnotismo, que nos fascina con sutiles y superfluas percepciones sensoriales. Ello se parece a los concentrados rayos de un espejo cóncavo (ustorio), que horada profundamente en nuestras mentes hasta que toca la sensibilidad pura que está debajo; aquella básica materia de la mente la podríamos imaginar como una gelatina lisa que registra todas las impresiones y que reacciona ante el estímulo de cualquier voluntad. Una vez que eso ha sido conseguido podemos confiar en que se actuará de acuerdo a las sugestiones hipnóticas, o incluso post-hipnóticas, ya sea para pronunciar solemnes clichés mecánicos como un Primer Ministro occidental, o para saltar al final del espectáculo y gritar: "¡Chocolates!, ¡Cigarrillos!, ¡Maní!". Somos así condicionados para repetirnos a nosotros mismos: "Después de todo, se trata sólo del color de la piel. Todos somos seres humanos".

     A pesar de todo, si somos todos seres humanos, es extraño que sintamos la necesidad de declararlo. Ciertamente los negros no son seres humanos en el sentido que normalmente comunicamos por aquel término, queriendo decir que ellos son especímenes bastante idénticos a nosotros, pero son algo decididamente diferentes. Por supuesto, ellos son fundamentalmente similares aunque de ningún modo idénticos en la forma a los Blancos, y comparten las mismas funciones fundamentales y la mayor parte de las mismas necesidades fundamentales. Pero del mismo modo, con toda seria exactitud, ocurre con los monos, que son también fundamentalmente similares en la forma a los hombres. Tal, sin embargo, es el grado de la propaganda igualitaria, que de alguna manera nos dan a entender no sólo que los negros son seres humanos exactamente como todos los demás, incluyendo a los mongoles, sino que ellos son realmente en algún sentido vital más realmente humanos que nosotros. Ellos son lo mismo que nosotros, pero más.

     Parece haber algo vagamente falso acerca de nosotros, ya que nuestra raza, nos dicen, es cualquier cosa menos pura, y a pesar de nuestras arrogantes pretensiones, realmente no somos más que despreciables mestizos enmascarados como gente real. La raza negra, por otra parte, es intensamente real, tanto racialmente como humanamente.

     Cuando, por lo tanto, usted mira a una negra, usted debería apreciar que está mirando algo eminentemente verdadero y noble y genuino, y en todos los respectos, sólido. Pero cuando usted ve a una mujer Blanca se le aconsejaría que la ignorara. Ella puede parecer ser un tipo muy distinto, y ella bien puede ser notablemente bella de mirar, pero ella no es nada tan real como una negra. Hay algo tan intrínsecamente falso en ella, que ella no está realmente allí en absoluto. Ella es una ilusión, una completa invención de los racistas.

     Junto con otras populares presunciones evolutivas, es generalmente dado por supuesto que el africano de hoy está en una etapa más o menos similar a la nuestros propios antepasados de los tiempos romanos, y que él se desarrollará como ellos. O, para decirlo de otra manera, generalmente se asume que no había ninguna diferencia entre nuestros antepasados bárbaros y sus contemporáneos negros. Pero de cualquier modo que la expresemos, es una creencia totalmente errónea, otra falacia que examinaremos con mayor detalle luego. Baste aquí decir que nuestros antepasados tempranos eran de un material totalmente diferente de los negros. Nada ha evocado alguna vez una respuesta, un acuerdo de contestación, en el insensible pecho del negro, ni el ejemplo de civilizaciones anteriores ni el desafío natural de grandes ríos e invitadores mares. En contraste con esto, nuestros antepasados paganos recorrieron el mundo en sus magníficos barcos vikingos, desde el mar Caspio hasta América.

     La materia de la poesía estaba en ellos desde el principio. Había horizontes para ser cruzados, tierras distantes y desconocidas para ser exploradas, peligros para ser enfrentados, enemigos para ser golpeados, Imperios fuertes para ser derribados, todo formando el material para sus grandes sagas y epopeyas. Ellos tenían considerables poderes de organización, ya que ninguna simple chusma bárbara podría haber derrocado a Roma, y todavía menos haberla conservado y defendido contra las hordas de Asia una vez habiéndola conquistado. Por más que, en otras ocasiones, ellos hayan saqueado y destruído, ellos construyeron, sin embargo, todas las grandes naciones de Europa, incluyendo Rusia.

     Ellos eran hombres libres, no esclavos; y no importa cuán formidables fueran ellos para sus enemigos, ellos honraron a sus mujeres y las trataron como iguales. Mucho antes de la llegada del cristianismo ellos reconocieron el vínculo matrimonial, la única esposa y compañera. La poligamia nunca fue practicada por ellos, y lo mismo el canibalismo.

     La Historia por lo tanto refuta la concepción popular, e insiste en que hay algo de lo cual carece de manera innata el negro y que nunca ha tenido. A diferencia del hombre Blanco, el negro nunca ha dominado su medioambiente, y siempre ha sido completamente dominado por él. A este respecto podríamos comparar África con Islandia, y el arte africano con el arte islandés. A pesar del aislamiento de Islandia y su carencia casi absoluta de materias primas convenientes para la reproducción artística, el arte islandés —para no mencionar su literatura y su poesía— ha sido incomparablemente superior a cualquier cosa producida en África, a pesar de las muy grandes ventajas naturales disfrutadas por los africanos. En todas las ramas del esfuerzo los islandeses han excedido por lejos a los africanos, y se han comportado como puede esperarse que se comporte un pueblo biológicamente refinado, no importa cuán aislado y estéril sea su país.


     No es demasiado sorprendente entonces, incluso en estos años de posguerra, encontrar a algunos destacados científicos que atrevidamente están de acuerdo en que hay algo señaladamente raro en cuanto al negro, incluso desde el punto de vista evolutivo ortodoxo. El profesor Carleton S. Coon [1904-1981], por ejemplo, que es el presidente de la Asociación Estadounidense de Antropólogos Físicos (AAPA), recientemente presentó evidencias de que la raza negra está totalmente 200.000 años detrás de la raza blanca en la escala de la evolución. Él declaró que eso se debe a que la raza negra habitó un área de estancamiento evolutivo durante el Pleistoceno, a diferencia de los centros de actividad evolutiva que habitó la raza blanca.

     Todavía otro invento de la imaginación extensamente propagado, relacionado con el igualitarismo y que nos sumerge en una penumbra derrotista, es el que nos asegura que los pueblos no-Blancos del mundo deben inevitablemente abrumarnos debido a sus cantidades inmensamente superiores. Se nos insta a que les entreguemos todo lo que poseemos, con la esperanza, a pesar de todo el daño sobrecogedor que les hemos hecho en el pasado, de que ellos serán inducidos a tratarnos misericordiosamente. Eso puede ser llamado la política de dejarnos indefensos haciéndonos primero desesperanzados. Si aquello tiene éxito, hará que nosotros capitulemos sin luchar, que es lo que Occidente casi ha terminado de hacer ahora en África, después haber completado el proceso en Asia y la mitad de Europa y, podría ser añadido, en Estados Unidos también. Eso incluso incentiva a nuestros ministros religiosos, que están por lo general muy preocupados por el comportamiento político no-cristiano de nuestra parte, a presionarnos para que aceptemos la supremacía venidera de esos pueblos no-cristianos. Uno de esos modernos y clericales profetas de la desesperanza es nada menos que el héroe de la Prensa, el "pastor" Niemöller, el cual, en Canadá (que parecería ser un centro natural de la expresión anti-Blanca), dijo que "No hay ningún modo posible de detener la dominación mundial por parte de las razas amarilla, marrón y piel roja. Todo lo que podemos esperar es que ellos traten a la raza Blanca con misericordia".

     No sé por qué el "pastor" Niemöller excluyó a las razas de piel negra en su declaración, e incluyó a la raza de piel roja. Quizás él estaba hablando en una Reservación de Pieles Rojas. La Iglesia cristiana tradicional, sin embargo, cree que la Europa cristiana fue creada sobrenaturalmente, lo que hace difícil entender cómo algunos de sus ministros —incluso aunque ellos se diferencien tan marcadamente de sus predecesores más toscos pero más vigorosos— pueden sostener que ella será paganamente destruída. Personalmente, no creo ni por un momento que ocurrirá aquello. Las supuestamente aplastantes fuerzas no-Blancas que están siendo ordenadas contra nosotros son en gran parte producto de nuestra sobreexcitada imaginación. Ellas están siendo preparadas, pero ellas no son apabullantes. Las gigantescas naciones de color son casi todas ellas gigantes de paja, apenas capaces de soportar el peso de sus propias abundantes poblaciones y la corrupción de sus administraciones.

     El gigantesco Espectro Negro ante el cual el señor Macmillan temblaba y colapsaba es en efecto un mero fantasma, y el gigantesco Espectro Marrón no es más sustancial. De hecho, hay sólo dos gigantes no-Blancos que constituyen una amenaza potencial o inmediata para Occidente: China y Japón, el viejo Peligro Amarillo. Ellos son un peligro porque además de sus enormes cantidades, poseen energía.

     Sin embargo, incluso esos pueblos amarillos no son tales como para dominar al mundo. Ellos no poseen bastantes de las cualidades que se requieren para la dominación y autoridad sobre el mundo. Su problema es que ellos no son completamente humanos, así como no son completamente Blancos.

     Según la teoría de la evolución de Darwin, la superioridad numérica es una prueba de superioridad genética. Los tipos genéticamente exitosos prosperan a costa de los tipos genéticamente inferiores. Esto parecería demostrar que los hindúes son superiores a los neozelandeses, y que los brasileños son superiores a los finlandeses. Sin embargo, para no jugar con palabras y teorías, no tenemos que dudar de que las razas de color numéricamente superiores carecen de las cualidades genéticas que de otro modo asegurarían incuestionablemente su dominación del mundo, y que la habrían asegurado igualmente en el pasado.

     Es actualmente Rusia, que se ha puesto del lado de los pueblos afro-asiáticos, la que los ha hecho parecer más formidables de lo que ellos realmente son. Sin embargo los rusos son Blancos y de Europa, les guste o no. Los atletas rusos no compiten en los Juegos Asiáticos sino en los infinitamente de superior desempeño Juegos Europeos. China en particular se resiente por la superioridad Blanca de Rusia, mientras Rusia siempre ha despreciado a los asiáticos en general. La actual brecha entre Rusia y China es esencialmente una final, incluso a pesar de la intervención estadounidense en Vietnam que las reúne otra vez, porque está basada en esa diferencia racial inamovible. Pero sin entrar en eso, es pertinente para nuestra evaluación presente simplemente visualizar un factor: Si Rusia (y Estados Unidos, en este caso) llegara a retirar su apoyo notablemente miope a los afro-asiáticos y se pusiera del lado de Occidente contra el Oriente, ¿dónde estaría la amenaza no-Blanca entonces?.

     No me gusta imitar a los liberales hablando acerca de la inevitabilidad de esto y la inevitabilidad de aquello, refiriéndose siempre por supuesto a aquello que "inevitablemente" debe abrumarnos. No recibo con simpatía esa clase de balbuceos de que "¡Eso va a venir!, ¡Es inevitable!"... el "Eso está viniendo" de los tempranos comunistas y sindicalistas. Nada es inevitable, excepto la muerte, lo cual, con toda verdad, es la esencia misma de la filosofía liberal. Como un visionario auto-proclamado, sin embargo, considero mi derecho, y de hecho mi deber, pontificar tan en voz alta como cualquier clérigo liberal o rojo, y para fines directamente contrarios. Por lo tanto declararé que si algo puede ser llamado inevitable, es nuestro triunfo y no nuestro fracaso. La raza Blanca debe dominar el mundo —como de hecho lo hace— porque no hay ninguna otra raza calificada o apta para hacer eso.

     Que ahora parezca algo tan cierto para nuestros adivinos políticos el que las razas de color deben arrasar con todo lo que está ante ellos, se debe a su habitual mala interpretación de lo obvio. No teniendo ninguna visión o percepción clara, ellos están obsesionados por los números y por falsas ideas de la aparición evolutiva. En realidad los cacofónicos gritos de los afro-asiáticos son su canto de cisne, su primer y también su último clamor. Es el grito de su inminente y esta vez eterna subordinación al dominio de pueblos más dignos, al dominio de la raza blanca.

     Sus tentativas de abrumarnos fracasarán, como lo harán todos los intentos similares. No está destinado que aquellos que son los vehículos de un iluminado propósito y un genuino humanitarismo sean derrocados por aquellos en quienes no hay ninguna promesa de esas cualidades en absoluto.

     La verdadera prueba del valor de una gente y de su derecho a existir es simplemente ésta: ¿sería el mundo más pobre por su extinción o mejor a causa de ello? Por ejemplo, el mundo ¿sería más pobre por la pérdida del congoleño?; ¿sería Estados Unidos más pobre por la pérdida de los negros o estaría mejor a causa de ello? Podemos estar seguros de que en el mundo del futuro no habrá espacio para pueblos que no valgan nada. Aquellas enormes multitudes parecidas a una plaga de langostas que devoran el sustento de la tierra sin dar nada a cambio encontrarán su restricción de una forma u otra. Ya países asiáticos como Birmania e Indonesia, que bajo gobierno Blanco eran países que exportaban alimentos, ahora tienen que importarlos. Eso por supuesto hace India, e igualmente China. Argelia y el Congo, habiéndose vuelto en contra de los Blancos, también tienen que confiar en la caridad Blanca para su suministro de comida. Kenia, también, un país casi exclusivamente productor de alimentos antes de que los agricultores Blancos fueran desposeídos de sus tierras, ya ha tenido que pedir a Estados Unidos un regalo de medio millón de sacos de maíz para "aliviar la actual escasez de alimentos".

     Todos esos arrogantes países odiadores del hombre Blanco tienen que depender de los países Blancos para que los salven del hambre, y en particular de la caridad estadounidense, dos terceras partes de cuyo excedente de granos es regalado. (No es menos significativo que Estados Unidos, el país más rico productor de alimentos en el mundo, fuera antes apenas capaz de sustentar a unos pocos millones de amerindios, y estar improductivo hasta la llegada del hombre Blanco). Además, mientras más a esos pueblos de color se les da de comer con cuchara, más rápido ellos se reproducirán y menos trabajarán, lo que significa que, incluso con la mejor voluntad del mundo, los excedentes de comida de los países Blancos serán insuficientes muy pronto para alimentar a las miríadas de gente de color.

     Nosotros, los países Blancos, sin duda poseemos nuestra carta más fuerte en esta nuestra capacidad para producir excedentes de alimentos. El poder que esto debe darnos sobre los pueblos de color será pronto ilimitado. Dependerá sólo de nosotros, la gente común de Occidente, asegurarnos de que nuestros políticos marionetas, en su expresa determinación de proveer a los pueblos no-Blancos todo lo que ellos necesitan, no procedan a cambio a privarnos de alimentos.

     El propio negro, en gran parte como los indios norteamericanos, está, como un tipo puro por lo menos, probablemente condenado a desaparecer de la Tierra totalmente, salvo quizás por una continuada existencia en Reservas que sólo un valor de curiosidad podría asegurar para él. Él puede esperar el mismo futuro que los animales africanos, a los que sólo la vigilancia del hombre Blanco impide que sean muertos hasta su extinción. Él es un tipo biológico demasiado primitivo para sobrevivir en un mundo futuro sin aquel paternalismo Blanco que él ha desechado tan ciega y salvajemente, o más bien, que ha sido suprimido para él por Blancos que viven fuera de África.

     África es un continente enorme y relativamente vacío que espera ser llenado por aquellos suficientemente diligentes para transformar sus tierras baldías y explotar sus materias primas sumamente necesarias. Cada día hay 100.000 personas más en el mundo; cada tres años, ¡más de 100 millones! Eso significa que cada mes, en términos de población, hay otra Sudáfrica Blanca en el mundo; cada año aproximadamente hay otra Gran Bretaña o Francia o Italia; cada seis años, otro Estados Unidos o Rusia, y cada generación, otra China e India combinadas. Obviamente, la importancia del espacio vital (Lebensraum) aumenta proporcionalmente a esto; y África, ya no permitiendo al primitivo negro su previo aislamiento, está abierta de par en par y pide ser tomada.

     Gracias al dominio europeo, la población negra se ha disparado hasta algo así como 200 millones. Bajo el dominio Blanco, África realmente tenía el índice de natalidad más alto en el mundo. Pero no debe pensarse que otros posibles colonizadores, como los chinos, fomentarían ese proceso. Muy por el contrario. Los chinos querrían el continente enteramente para ellos, en particular cuando sus propios animales de trabajo son mucho mejores esclavos que los hombres negros alguna vez. África, sin embargo, que nunca puede estar de pie por sí sola, es en su mayoría accesible a la colonización europea. Más que cualquier otro continente, está esperando a recibir el exceso demográfico europeo. En efecto, que este desarrollo natural haya sido precipitado a un violento movimiento inverso, que los europeos hayan estado abandonando África en el mismo momento en que ellos deberían haber estado llegando allí, es uno de los fenómenos más asombrosos y artificialmente tramados de nuestra época, porque no hay absolutamente nada en el África negra que pudiera haberlo provocado, y nada que pudiera impedir que dicho proceso sea revertido otra vez.

     Sin embargo, a pesar de nuestra espantosa desunión y derrotismo, nuestras falsas teorías y asombrosos errores de cálculo, todo debido básicamente al adoctrinamiento comunista, el futuro está sólo con la raza Blanca. Completamente aparte de cualquier argumento racional de una u otra forma, esta visión permanece clara. Pero, para declarar una inevitable expresión irlandesa (ya que la Dama Fortuna es seguramente una voluble dama irlandesa), aunque nada pueda impedirnos tomar el autobús, lo perderemos si no corremos hacia él. El camino por delante no va a ser fácil, ni nunca lo ha sido. Tampoco deberíamos querer que lo sea. El acero sólo puede ser forjado en el fuego. Si nuestro futuro está en entredicho, y obviamente lo está, sin duda lo decidiremos de una manera, levantando nuestras manos en una desesperada rendición. Pero como eso no es lo que queremos o debemos hacer, tenemos que apuntar en primer lugar a la unidad étnica y luego al establecimiento de la supremacía mundial Blanca, ya que la supremacía Blanca es lo mismo que la supervivencia Blanca. El choque entre Blancos y gente de color va a agravarse. Y si eso no va a ser un asunto de supremacía Blanca, obviamente será un asunto de supremacía no-Blanca, con todas sus impensables consecuencias para la raza blanca.

     Irónicamente, como hemos visto, nuestros líderes están muy obstinadamente opuestos a cualquier conversación de supremacía Blanca. Ellos son mucho más felices hablándonos sobre la inevitabilidad de la supremacía no-Blanca. Sin embargo, no importa cuán exaltadas sean sus posiciones, aquellos de entre nosotros que no desean activamente nuestra supremacía serán rechazados por nosotros.

     Ellos no tienen ningún lugar en los corazones e instintos de sus propios pueblos occidentales, y su poder será disuelto tan pronto como la gente vea a través de los cínicos engaños de ellos y se canse de su derrotismo y estériles fanfarronadas "humanísticas", es decir, ateas. Ya muchos principales pensadores de Occidente se están uniendo a la guerra contra la esencialmente agotada filosofía liberal, oponiendo su Sí a la vida al No liberal. Ya, también, la propia gente común, ciertamente en África pero también en Estados Unidos e incluso en Europa, está despertando a la naturaleza del desafío que está siendo forzado sobre ellos. Además, aquellos que están en nuestro propio medio que son en parte o en gran parte responsables de este desafío, desde nuestros políticos e intelectuales liberales hasta subversivos totales, han sentido claramente esta fluctuación. Mientras, por una parte, ellos se verán obligados a hacer un espectáculo de reclamar el crédito por ideas de la Derecha, ellos impulsarán su integración racial y programas aliados con una prisa extremadamente febril.

     Tal es la prisa de ellos, en efecto, que ya han forzado los asuntos hasta una etapa donde la marcha atrás es imposible. Ellos han pasado el punto de no retorno y están finalmente comprometidos. ¡El tiempo se les ha acabado a ellos, así como a nosotros!.–



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